
PAPÁS Y MAMÁS QUE DICEN NO
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¡QUE VIVAN LAS CONTRADICCIONES!
julio 22, 2026Hay un ejercicio que me gusta mucho hacer en clases o cursos que dicto. Le pregunto a las personas si han considerado la posibilidad de morir, y si es el caso, ¿desde cuándo debería alguien preocuparse por este tema? Las respuestas por supuesto varían según la edad. Entre más entrada en años la persona, mayor suele tener consciencia de su finitud, y en teoría, ha pensado más en lo que va a ocurrir. Entre más joven, puede ser esta la primera ocasión en que se lo pregunte. Es más, las respuestas van desde “cuando esté viejito o viejita” hasta “cuando me enferme o algo así”. Craso error: desde que nacemos comenzamos a morir y desde allí deberían enseñar a preocuparnos por ello.
Somos el mundo y la sociedad de la negación del tiempo. Del afán por la inmortalidad. De la lucha contra el envejecimiento. Son pocos los seres humanos y los pueblos que han comprendido y han logrado entender que la muerte no es si no otro giro más de esta experiencia que llamamos vida humana. Construimos máquinas, aplicamos ciencia, gastamos dinero, sufrimos, lloramos y construimos nuestro mundo alrededor de la evitación de la muerte. No queremos morir, ni que otros mueran, ni que las cosas mueran. La muerte es el miedo más profundo para la mayoría de los seres humanos y sus formas de defensa son de las que más energía consumen, paradójicamente, se nos va la vida evitando y pensando la muerte. Nuestras formas de huir de la finitud son altamente elaboradas y muchas veces solo nos sirven para desconectarnos de la vida que deberíamos estar llevando. Ojo, no pretendo tampoco sumarme al movimiento de privación del duelo que nos afecta a todos. Cuando algo valioso desaparece es natural que exista una respuesta y está muy bien atravesarla y vivirla. Es sano. Pero lo cierto es que sabemos que pasar de una posición de terror a reconciliarnos con la muerte puede potenciar nuestra vida, motivarnos, darnos los ánimos necesarios para empujar nuestros proyectos, entregar el amor que queremos entregar o vivir la vida que queremos vivir. Sin muerte no hay pregunta por el sentido de la vida. La columna de nuestra existencia. Ni su negación ni el terror absoluto nos sirven. Solo un vínculo sano con la idea de que desapareceremos, y que no sabemos cómo ni cuándo, nos libera. Toda la vida que se va en negar y pelear con la muerte se recupera para beneficio propio.
¿Cómo hacerlo? Las vías son múltiples. Quizá las más tradicionales sean los caminos espirituales profundos, que producen reales cambios de consciencia, de percepción de la realidad. No necesariamente los religiosos, que tienen otras funciones, aunque podría ser. Pero yo propongo que la psicoterapia es una vía también. Ya lo han dicho otros autores: la psicoterapia es más preventiva que curativa, nos prepara para el futuro. ¿Para qué? Para lo inevitable del sufrimiento, para atravesarlo mejor. En otras palabras, una buena psicoterapia nos podría preparar para morir. Esto requiere no solo la disposición del paciente. Requiere de un terapeuta que ha hecho las paces con la muerte. Y aquí es donde aparece la pregunta crucial: ¿es la psicoterapia actual una psicoterapia hermanada con la idea del morir? ¿o igual que la mayoría de nuestras ideas de salud está dedicada a negar la finitud? He ahí un punto clave.




